La semana pasada entregué por fin mi proyecto final. Estoy bastante satisfecha con los resultados. Ha sido mucho trabajo, mucha gente que me ha echado un cable, muchas cosas las que he aprendido... y estoy encantada de poder mostraros por fin las imágenes resultantes.
Desde que tengo memoria mi madre siempre nos ha leido muchos cuentos a mi hermana y a mí. Casi cada noche, siempre que la voz se lo permitiera (y no hubiesemos sido muy revoltosas) nos leía uno o dos antes de dormir. Me encantaba.
Este proyecto es una vuelta de tuerca a esos cuentos que todos conocemos, que nos han leido o contando siendo niños, pero desde un punto de vista más maduro. Una suerte de denuncia social y una llamada de atención al absurdo final feliz que presentan muchos cuentos infantiles. Un retrato del claroscuro del mundo en el que vivimos.
Espero que lo disfruteis :)
Caperucita Roja
- Me voy, volveré en un rato.
Caperucita intentó escabullirse lo más rápidamente posible,
pero la voz altanera de su madre no tardó en llegarle desde atrás:
- ¿Ya vuelves a salir disfrazada? Sabes que no me gusta y
aun así lo sigues haciendo, qué poco quieres a tu madre.
Caperucita suspiró con resignación y se giró hacia ella
intentando no mostrar la crispación que sentía. El vuelo de su falda giró con
ella con un suave frufrú.
- Mamá, sólo voy a dar una vuelta ¿qué más da lo que lleve
puesto?
- No da igual, luego los vecinos hablan. ¿Qué cara se supone
que tengo que poner cuando me pregunten por mi hija la rara?
Caperucita sabía que no podría ganar ese asalto jamás, y no
quería llegar tarde, así que decidió hacer algo que sabía conseguiría aplacar a
su madre por unas horas: darle la razón como a los tontos.
- Tienes razón mamá, no debería haberme puesto esto. Te
prometo que me cambiaré a la vuelta.
- Desde luego que lo harás - volvió a internarse en la
cocina y apareció al segundo con una cesta de mimbre en la mano. Caperucita
ahogó un gemido de fastidio.- Ya que vas a salir, lleva esto a tu abuela, que
hoy no parece encontrarse demasiado bien.
Caperucita cogió la cesta al tiempo que lanzaba una mirada
de súplica a su madre.
- Pero tengo cosas que hacer… ¿no podrías llevársela tú?
- ¿Ahora me discutes, no tienes suficiente con que te deje
salir a la calle con tus disfraces? – despachó a su hija con un gesto de la
mano.- Venga, seguro que tu abuela está deseando verte. ¡Y no te…!
- “… no te acerques a los locales de Potxo”. Lo se, mamá –
repitió Caperucita de carrerilla, girándose hacia la puerta.
- Eso es. No me gusta nada esa zona, está llena de
indeseables y drogadictos. No tendrán cosa mejor que hacer que desperdiciar su
vida aporreando guitarras- mascullaba su madre mientras la acompañaba hasta la
calle.- Te quiero de vuelta para la cena, ¿de acuerdo?
Caperucita asintió rápidamente mientras se escabullía por la
puerta y echó a andar calle arriba, internándose en la ciudad. A cada paso que
la alejaba de casa, sentía cómo algo se aflojaba en su interior, haciéndola un
poquito más ligera. Inspiró larga y pausadamente, intentando deshacerse de
aquella molesta frustración que la invadía.
Aunque Caperucita ya rozaba los veinte, su madre seguía tratándola como si
fuese una mocosa de diez años. Su afán sobreprotector hacía cada vez más opresivo el ambiente en
casa e impedía que Caperucita pudiese madurar y relacionarse de forma normal.
“Pero la gota que colmó el vaso llegó aquel día, con mi
primer vestido…” pensó Caperucita, recordando el momento en el que había
desempaquetado toda aquella cantidad de tela, con sus bordados, con sus
detalles cuidados al milímetro.
Algunos paseantes se cruzaron con ella, haciéndole un
chequeo completo de cabeza a pies con los ojos como platos. A su espalda oyó
risitas socarronas.
“Siempre igual, ya debería estar acostumbrada” pensó
Caperucita meneando la cabeza. Podía entender las miradas, al fin y al cabo
sabía que su forma de vestir se salía de lo habitualmente catalogado como
“normal”; incluso podía entender los comentarios sorprendidos… pero las burlas…
¿por qué burlarse? No dejaba de ser simple ropa.
“Es sólo ropa” se repitió furiosa. Una forma más de exteriorizar su yo interior,
su creatividad o su estado de ánimo. Formas, colores, bordados, tejidos… toda
una forma de expresión a través de una simple prenda de vestir.
“¡Déjalo, ya vale!” se regañó,
molesta consigo misma “No es momento de quejarse, es momento de… momento de…”
sintió que se ruborizaba. Momento de poner a prueba los límites que se le
habían impuesto, de ser ella misma por fin. Esa noche actuaría El Lobo Feroz,
en directo.
Le vinieron a la cabeza como un
fogonazo ese par de ojos ambarinos que parecían brillar con luz propia, esa
media sonrisa que había pasado de irritarla a hipnotizarla. Su espíritu salvaje
la atraía y asustaba a partes iguales, representando todo aquello de lo que la
habían advertido desde que tenía uso de razón. Pero él parecía tan auténtico,
tan…
“Tan libre” pensó Caperucita,
suspirando.
Recordó su primer encuentro, la
vertiginosa escala de un solo de guitarra que la atrajo hacia aquel local
cochambroso ignorando cualquier prohibición materna. Y de pronto, por encima de
la guitarra, por encima del punteo del bajo, incluso por encima del estruendo
del doble bombo… una voz profunda, ligeramente rasgada, cargada de sentimiento.
Para cuando quiso darse cuenta Caperucita se encontraba clavada en el vano de
la puerta entreabierta, los ojos fijos en ese extraño que aferraba el micrófono
con una furia desconocida para ella, que casi parecía querer rozarlo con los
labios. Y esa media sonrisa cuando la descubrió observando, y su voz entre
sorprendida y divertida:
- ¿Te has perdido, niña?
Caperucita se notó enrojecer hasta
la raíz de sus tirabuzones e intentó huir, pero el chico la había aferrado por
la muñeca y le había hablado con voz más suave:
- Hey, hey, ¿a dónde vas? No vamos
a comerte, ¿sabes?
Por su mente habían desfilado como
una saeta de fuego todas y cada una de las palabras de su madre: drogadictos,
descarriados, inútiles sin futuro, ladronzuelos, camorristas…
Por primera vez se había sentido vulnerable con su extravagante ropa, y casi había esperado la lluvia de
comentarios hirientes que aquellos chicos de dudosa reputación estarían
maquinando mentalmente en cuestión de segundos… pero se equivocaba. Aquellos
chicos habían resultado ser personas increíbles, complejas, llenas de matices y
de sueños que se le antojaban arriesgados y maravillosos. Y entre ellos, con su
misterio y su carismática sonrisa, estaba él… el lobo feroz de su cuento de
hadas.
Divisó al final de la calle la
entrada de la sala donde se celebraba el concierto. La gente ya estaba
entrando, así que se apresuró, sin saber si el corazón le martilleaba en el
pecho por la carrera o la emoción.
***
El auditorio era pequeño y cutre,
y un humo criminal parecía querer arrancarle la voz antes incluso del comienzo
de la noche. Las luces se apagaron acompañadas de un vuelco de su estómago, y
por unos segundos interminables sintió el corazón latir en su garganta al
compás de los aplausos estruendosos de la multitud.
El Lobo Feroz saltó al escenario.
Salvaje hasta el punto de resultar erótico, indomable, implacable, furioso,
triunfante dejaba deslizar sus ojos ambarinos sobre cientos de caras anónimas
que se arremolinaban frenéticas a sus pies, sedientas de esa dosis de
adrenalina que sólo la música en directo es capaz de dar.
Y de pronto esos ojos, clavados en
los suyos. Y ahí está, esa media sonrisa, haciendo que su piel se erice, que la
realidad que la rodea huya lejos, y que sus dedos rocen un cielo prendido en su
voz, y en esa mirada de oro fundido.
El Lobo se alejó y la burbuja
estalló en mil pedazos. A su alrededor la gente enloquecía con su actuación.
Caperucita volvió a buscarle, pero ya había desaparecido al otro lado del
entarimado, devorado por los brazos que clamaban su éxito a gritos.
“Qué pequeño bastardo” pensó Caperucita,
sintiendo cómo su cuerpo temblaba como un maldito flan. Pero el más dulce de
los olvidos se apoderaba de ella a medida que una sobredosis de endorfinas
recorría su cuerpo bañado en sudor. Se unió al clamor enfebrecido de la
multitud y dejó que el descontrol la invadiera por completo.
***
Para cuando Caperucita consiguió
abrirse paso hasta la calle entre la maraña de personas que llenaban la sala,
ya hacía un buen rato que el concierto había terminado. Fuera estaba
anocheciendo, y Caperucita se maldijo al pensar que llegaría tarde a casa.
Inspiró profundamente y ya se disponía a echar a andar cuando escuchó una risita
familiar a su derecha. Giró la cabeza y allí estaba él, con una ceja levantada
mientras punteaba distraídamente una guitarra.
Le hizo un gesto para que se
acercara. Caperucita inspiró profundamente, instándose a sí misma a no perder
la calma. Se dejó caer contra la pared, junto a él.
- ¿Te ha gustado? – preguntó con
una sonrisa.
- Lo cierto es que si, sois
mejores de lo que pensaba – contestó ella echando una rápida mirada al reloj.
- ¿Tienes prisa? – comentó con
curiosidad el Lobo.
- Digamos que ahora mismo debería
estar despidiéndome de mi tierna abuelita en vez de charlando amigablemente con
un lobo guitarrista – contestó ella, mordaz.
- Ya veo… - el Lobo soltó un
suspiro, dejando escapar un acorde indefinido de entre sus dedos.- No son
demasiado permisivos en tu casa, ¿verdad?
- Sólo hacen lo que creen mejor
para mí.
- Pero eso no significa que lo sea
– determinó el Lobo, girándose hacia ella y clavando sus ojos en los de
Caperucita.- Cada persona es un mundo,
niña, y lo que para tus padres es la gloria para ti puede ser un jodido
infierno. Hay personas que necesitan espacio, aire a su alrededor para poder
echar a volar, que necesitan libertad para poder expresar todo lo que bulle en
su interior.
- ¿Es lo que haces tú con tu
música? – preguntó Caperucita, intentando aparentar tranquilidad.
- ¿ Es lo que haces tú con tu
ropa? – contestó el Lobo a su vez dando un paso hacia ella y acariciando la
caperuza con la punta de los dedos.
Algo se resquebrajaba en el
interior de Caperucita, haciendo que apartara la mirada. Una amargura
desconocida para ella atenazó sus cuerdas vocales e hizo que su voz temblara.
- Qué más da lo que yo haga. Es mi
familia y les quiero, tengo que respetar su voluntad.
- Respetar no es hipotecar tu vida
en pos de unos valores que no son tuyos, niña. Mírame – el Lobo la aferró por
la barbilla con suavidad, obligándola a mirarle. –Eres una gran persona, con
todos tus matices… incluso con tu extravagante ropa – comentó con una sonrisa,
dando un golpecito al pompón que coronaba la caperuza de la joven.
Dio otro paso hacia ella, y Caperucita pudo sentir su aliento afrutado
rozándole el lóbulo de la oreja. Mil y un gritos inconexos explotaban en su
mente, la instaban a huir, a abalanzarse sobre él, a abofetearlo y a devorarle
la boca. Simplemente permaneció clavada en el sitio, con el corazón retumbando
en su garganta como una locomotora fuera de control.
- Todos levantamos muros entre
nosotros y ciertas partes del mundo que pueden dañarnos, pero escondida tras
esas cuatro paredes que tu familia ha levantado por ti a base de prejuicios te
estás perdiendo grandes cosas – susurró el Lobo en su oído. Y en su camino de
vuelta, buscó la boca entreabierta de Caperucita.
Una eternidad o una millonésima
parte de un segundo después (Caperucita no habría podido jurarlo) sintió de
nuevo el aire frío sobre sus labios. Abrió los ojos y vió que el Lobo le tendía
la mano con una media sonrisa.
- Vamos, te acompaño a casa.
Caperucita tomó su mano, pero negó
con la cabeza.
- No, a casa no. Me apetece dar un
paseo.